ME HUBIERAN NOMBRADO JOSÉ

Mi nombre es Brayan y hago esta llamada porque quiero dignificar a los que nos llamamos así. Somos la burla de todos por tener este nombre de tan mala reputación, creo que somos víctimas de una equivocada decisión de nuestros padres. Quiero que los comprendan, ellos pensaron que bautizar a sus hijos así les iba a brindar categoría a sus vástagos; era la moda en los noventa, recuerden que antes de esa década si eras el primogénito irremediablemente te nombraban como el padre o como el abuelo, y miren que los nombres también eran ridículos: Eulogio, Ataulfo, Brígido, Rigoberto. Las parejas noventeras empezaron a erradicar tal tradición bautizando a sus hijos con estos nombres gabachos: Brayan, Kevin, Derek, Christopher y Donovan empezaron a acumularse por montones y por todo el país. Las mujeres no se quedaron atrás y comenzaron a surgir las Michelle, las Britny, las Kimberly, las Naomi, las Dayana. Nuestros padres pensaban que nombrándonos así íbamos a ser diferentes, que íbamos a ser güeros y altos. Nada más lejano de la realidad: somos chaparros y prietos; esqueléticos y con jiotes. Igualitos a los que se llaman José, Sandra, Joaquín, Patricia, Esteban, Gloria, Alejandro o María. Pero actualmente, los que nos llamamos Brayan o Kevin somos la carrilla por tener un nombre que los demás asocian a delincuencia, reguetón y naquez. ¡Maldito sea aquel primer Brayan que se le ocurrió asaltar a un transeúnte! Como miserable es el Kevin que se viste y se corta el cabello como Daddy Yankee; y peor aún, ¡desgraciado el Brayan/Kevin que pierde el tiempo en cualquier esquina y no hace nada bueno de su vida! También existimos los Brayan, como yo, que estudian y trabajan, los que escuchamos a los Artics Monkeys, los que no fuman y ni toman, bueno, yo sí tomo, pero es inaceptable que mis amigos crean que porque me llamo Brayan voy a querer siempre Buchanans o que crean que en mi recámara tengo una enorme figura de San Judas Tadeo y que cuelgan en mi cuello escapularios de aquel santo. ¡Eso me ofende por completo! ¡Son chingaderas! Es por eso que quiero alzar la voz para quitarnos este estereotipo que parece maldición de que los llamados así somos lacras, viciosos, con gustos musicales baratos y que cada veintiocho de octubre ahí nos tienen en San Hipólito inhalando thiner y cargando una imagen más grande que nosotros. No es grato que cuando cortejas a una mujer, ella piense que le vas a dedicar “Cuatro Babys” de Maluma y se sorprenda cuando le haces un cumplido con la de “Do I Wanna Know?” de los Artics. Como no es grato que te pregunten siempre si tienes una motocicleta y cuando les contestas que «no» exclaman sorprendidos: «¡Qué raro! Todos los Brayan tiene una moto». Es por estas razones que mientras me dure el nombre quiero honrar y reivindicar a los Brayan y a sus derivados. Ya estuvo bueno de tanto bullying. ¿Por qué estamos pagando justos por pecadores? Si el pinche Brayan asaltante decidió dedicarse a eso, reconozcan que existen un Mario o un Raúl que también andan de rateros, y a los Mario y a los Raúl no le cargan tanta carrilla. ¡Sean parejos! Existimos los Brayan profesionistas, deportistas, científicos y ateos; hombres que estamos poniendo muy en alto este nombre. ¿Por qué nos cargan el muertito de los Brayan/Kevin fracasados?¡Ya párenle! ¡Me hubieran nombrado José! Hace poco supe de que en la ciudad ya te puedes cambiar de nombre si estás inconforme con el que te pusieron tus padres. Es mi caso. Yo ya empecé con mi trámite para hacerlo, aunque confieso que no he decidido cuál nuevo apelativo adoptaré. Mi madre no está de acuerdo, dice que me seguirá llamando por mi segunda denominación, quesque porque así se llamaba mi abuelo. Yo no discuto con ella, con el tiempo se irá acostumbrando, en realidad voy a cambiar mis dos nombres, miren que esto de llamarse Brayan Eulogio Martínez Sánchez sí es una verdadera chingadera. (FIN DE LA LLAMADA).

Por José Alonso Morales Colín