No se vale lo que me hizo Mariana. Me dejó en ridículo enfrente de mucha gente. Ya me lo había dicho su hermano: que me cuidara de ella porque a todos sus pretendientes los ha tratado con la punta del pie.

Y me lo repitió tantas veces. Le hubiera hecho caso, mi corazón y mi bolsillo me lo estuvieran agradeciendo, y lo digo porque todas las veces que salimos ella jamás sacó un peso de su bolsa. Su hermano me decía que dejara de gastar dinero en ella, que no iba a obtener nada: que quieres ir al cine, pues vamos al cine; que te invito a comer, pues vamos a comer; que se me antojó una cerveza, pues yo te invito la cerveza; que hace mucho que no salgo a bailar, pues vamos a bailar. ¡Vaya que baila muy bien la Marianita! Esa vez no se cansaba, bailó hasta las tres de la mañana. Yo terminé sentado en la mesa del antro, totalmente agotado y con ganas de ya estar en mi cama, pero tenía que pagar la cuentotota y dejar a Mariana en su casa. En ese momento la mujer ya bailaba con un cuate güerito y de barbita de candado que conoció allí mismo. Yo no dije nada, pero por dentro estaba emputadísimo. Tenía que demostrarle a la mujer que soy un compa alivianado, “open mind” pues; además, en ese momento éramos solo amigos y una escena de celos de mi parte iba a malograr el cortejo que durante un mes había llevado sin problemas. «Para la siguiente semana ahora sí no te me escapas pinche Marianita, ahora sí te pido que seas mi vieja», me dije a mí mismo. Es que Mariana está hermosa, tiene una sonrisa encantadora acompañada de unos tiernos hoyuelos, y en el mentón yace un lunar que dan ganas de besarlo. Pero la verdad es que su fuerte son sus caderas, si cuando camina te deja boquiabierto, no les digo cuando baila. Antes de que llegara el día para mi declaración amorosa Mariana me llamó para invitarme a una fiesta que organizó su prima, la dueña de una pequeña empresa. Pues ahí voy. Mariana se veía divina, Lucía unas piernas espectaculares que salían debajo de un vestido amarillo que le quedaba perfecto. Me sentó en una mesa donde me presentó a cuatro tipos que en mi vida había conocido. Y ahí me dejó, o más bien ahí nos dejó. Iba y venía moviendo sus enormes caderas, se sentaba, platicaba brevemente con cada uno de nosotros y cuando se alejaba, los cinco pendejos que estábamos en la mesa contemplábamos su trasero. Yo noté que algo no estaba bien, en la mesa de a lado, la madre, las tías y dos sobrinas de Mariana, se cuchicheaban y sonreían burlándose de los cinco imbéciles sentados acá. En efecto, llegó el hermano y por él supe que la prima empresaria había pagado una fiesta a sus empleados, pero la mayoría le canceló, y para no desperdiciar lo gastado le pidió a Mariana que invitara a sus “amigos”, y esta tonta invitó a sus pretendientes y los juntó en una mesa. ¡Qué poca madre! Poco después llegó un sexto hombre, ¡era güerito y tenía barbita de candado! Lo fue a sentar con nosotros. ¡Ahora éramos seis imbéciles! Yo me enfurecí y me largué del sitió, Mariana me alcanzó y, con su sonrisa, sus hoyuelos y su vestido amarillo, me dijo: «Ya no tuvimos oportunidad de bailar, para la otra, ¿va?». En cuanto me dio la espalda le menté su madre.

Por José Alonso Morales Colín