¡Hambrientos de la ciudad, uníos!

Por comida no paramos. En cualquier esquina de cualquier colonia podemos encontrarnos con un refugio para apaciguar nuestras frenéticas tripas cuando gruñen sin cesar.

Acá unos tacos de cabeza o de suadero, allá un pozole bien calientito, más para allá las ineludibles quesadillas, gorditas y pambazos; y más para acá te ofrecen lo impensable: «¿Por qué hay tanta gente en esa esquina?». «Porque venden esquites con tuétano que están para chuparse los dedos».

En las calles las posibilidades culinarias son tan diversas que nos permiten cubrir diferentes necesidades; algunas cotidianas, otras urgentes y las que de plano son de vida o muerte: Compadre, por Dios que ya no me aguanto esta cruda, vamos con doña Toñita a echarnos una pancita con su cervecita bien fría para que se me quite la temblorina.

A toda hora y todos los días del año podemos encontrar gran diversidad de guisados y antojitos, ya sea en un puesto ambulante, en un patio acondicionado como comedor, carritos de supermercado o hasta en una simple charola. Para levantar negocios de esta índole bastan con una simple lona vieja amarrada a la herrería de la ventana, un buen anafre, senda tanda de refrescos y dos cubetas que la harán de sillas, porque lo importante es dejar de tener hambre y el vendedor sabe que es en las calles donde sus potenciales y famélicos clientes deambulan dispuestos a asestarse desde la guajolota con su vaso de atole hasta un buen plato de chilaquiles con su respectivo bolillo doradito y crujiente.

Gelatinas, tortas, churros, pizzasdonas, cecina, sopes, cocteles de camarón, moronga, carnitas, barbacoa, hamburguesas, hot dogs, tostadas de tinga y de pata, filetes de pescado, elotes, caldo de gallina con mollejas, patas de pollo, pescuezo ídem y así hasta el infinito es la lista de ricuras con la que nos encandilamos diariamente. Menús que jamás llegarán en una carta como la que se ofrece en restaurantes de lujo y de alta cocina. Si en aquellos lugares pedimos nuestra orden y la esperamos con la invariable e insufrible música de fondo, es en las calles que de manera obligada debemos acercarnos al puesto para saber qué venden, olisquear el aire para percibir el aroma del café de olla que se sirve en ese instante y entre el bullicio gritarle al que domina el comal caliente que el huarache lo queremos con nopales, guacamole, costilla asada y sin queso rallado. Hay que hacerlo así, a pesar de que uno piense que el cocinero no escuchó el pedido por estar en su afán con otro cliente, pero misteriosamente advertiremos que todos los ingredientes solicitados de nuestra garnacha ya servida están incluidos. A veces al mejor cazador se le va la liebre: ¡Oiga, le dije que sin queso rallado!

Por costumbre son los fines de semana cuando en las esquinas, en los zaguanes y hasta en un cuadro de estacionamiento se alzan los puestos de comida. Desde antes de caer la tarde el señor ya anda frenético dándole al anafre, su hijo acomodando los refrescos en una cubeta de pintura acondicionada como hielera, mientras que la señora coloca los guisados y dispone la masa para el arribo del primer comensal. Todos se alistan porque saben que es en esos días cuando no se acostumbra cocinar en casa — Al fin que ya me depositaron la quincena — , es cuando el marido invita a cenar a la esposa; es cuando el galán, para lucirse con la pretendida, la lleva a ese puesto donde preparan unas crepas desmesuradas — Ahí mismo le voy a decir que sea mi novia — ; es cuando el padre puede comprarle a los hijos la pizza que tanto les encanta, a pesar de que los canijos chamacos toda la semana no quisieron comerse la sopa de verduras que también terminó desdeñando el perro.

Es el fin de semana cuando los solitarios frecuentan las torterías y ordenan una cubana; es cuando los taqueros se desvelan porque saben que en la madrugada sus puestos estarán a tope de trasnochadores que, tras la fiesta y el exceso de alcohol, creen que el mejor bajón son dos de tripa, tres de longaniza, cebollitas y un refresco Mundet rojo.

Importante es saber en qué puesto se para uno a comer, ya que las enfermedades son latentes para los avezados/temerarios en el arte de la comida callejera. A pesar de que el estómago se curte, se vuelve una muralla de anticuerpos ante cualquier infección, no está por demás que antes de pedir la gordita o la quesadilla de sesos, miremos que el platillo tenga buen aspecto; la salmonelosis es muy intrépida y subrepticia. También porque hay vendedores tan negligentes que les vale si el guisado lleva tres días sin refrigeración y si enferma a sus comensales con una fiebre y diarrea de antología. Hay que reconocer que en la mayoría de los casos, los clientes/víctimas jamás regresan a tal negocio, lo denunciarán ante sus conocidos; el puesto, ante la baja demanda y para beneficio higiénico, cerrará irremediablemente y en dos semanas aparecerá en el mismo lugar un local de churros o de pollo frito, pero por el antecedente, dichos locales quebrarán debido a que el sitio ya está condenado de por vida, como si una maldición indestructible les hubiera caído: Los chupó el diablo pues.

Vender con éxito comida en las calles genera envidias. Los detractores son capaces de denunciar ante las autoridades la irregularidad de un negocio nada más porque a leguas se ve próspero; y ahí tienen a la patrulla visitando el local y pidiéndole al propietario su permiso para vender alimentos en vía pública, y también ahí tienen que los policías terminan sentándose en una mesa en donde se les ofrece una cena abundante como un acuerdo entre ellos y el propietario: Para que olvidemos lo del permiso mi poli, y recuerde: cada vez que usted y su compañero hagan su ronda, dense su vueltecita para que no trabajen toda la noche con el estómago vacío.

Otros detractores, a los que sí debemos de hacerles caso, son a los médicos que no se cansan de hacer énfasis de que la obesidad va en aumento, pero habría que recordarles que no hay nada de malo que de vez en cuando nos aventemos una canita al aire, o mejor dicho, un taquito de pastor al estómago. Por supuesto que ya es cuestión de cada quien alimentarse como le venga en gana, pero no hay que echar en saco roto que cuando el pantalón ya no ajusta debemos caminar por otras calles en donde no existan las tentaciones; aunque doña Toñita nos extrañe con su pancita y su cervecita bien muerta.

Por José Alonso Morales Colín