«Écheme otra porque quiero alivianar mi estómago »

En el ámbito “teporochil” de nuestra ciudad de México, existe desde antes que amanezca un elixir infalible para apaciguar las dolencias estomacales y “cruderiles” que la ingesta de alcohol y cerveza propicia en nuestro organismo.

 

El avezado en resacas monumentales siempre busca un remedio inmediato para domeñar esa temblorina que desde las primeras horas de la mañana abate al cuerpo en interminables retortijones, ansiedades y sudoraciones gélidas. El problema con este tipo de “crudotas” es que casi siempre se manifiestan en plena madrugada, y a esa hora –casi siempre también– ninguna tienda y ninguna cantina están abiertas para recibir a estos “pobres enfermos” que se aprietan la panza mientras juran y se santiguan de que «ahora sí virgencita, por esta que ya voy a dejar de tomar». Para los que han experimentado algo así describen que tales síntomas no son más que el preludio del fin; la llegada de algo mortal que los dejará –ahora sí– tiesos en la cama como consecuencia de un alcoholismo recalcitrante o de la brutal borrachera del día anterior que ha generado en una congestión irreversible: «Me cae que sentía que ya me llevaba la calaca. Y ni una pinche cervecita a la mano para que me alivianara a las cuatro de la mañana». El chilango, que siempre piensa en la oferta y en la demanda, ha dado la cara en esta lid mañanera. Son los llamados jugueros quienes se han compadecido de todas esas almas vehementes de ansiedad “cruderil” y quienes abundan en nuestras colonias populares para ofrecerles no un licuado de plátano ni de mamey, no un jugo verde –tan de moda actualmente– ni de zanahoria, ¡no señores!, estos hombres y mujeres madrugan para vender una bebida económica, “salvadora” y socorrida que desde décadas anteriores lleva por nombre “la polla”, que no es más que un buen charco de jerez en un vaso dadivoso y sus dotación de huevos crudos de codorniz que se debe de tomar ipso facto para que la sangre comience de nuevo a circular por todo el cuerpo, las mejillas vuelvan a chapearse y las manos dejen de temblar y ¡adiós malestares!, el elixir llamado “la polla” de nueva cuenta salva vidas: «Ahora sí don Paco, écheme otra “pollita”, pero sin huevitos porque quiero que termine de asentarse mi estómago». Y al finalizar el segundo vaso, el hombre lanza un suspiro de alivio y hasta eructa con cierto placer porque hoy –¡otra vez!– volvió a librarla. Uno se pregunta ¿por qué aquel puesto de jugos abre desde antes de las cinco de la mañana?, la respuesta la acaban de leer: por “la polla”. ¿A poco ustedes creen que aquellos hombres que abarrotan el puesto de jugos tan temprano van por uno de naranja o de betabel o van a desayunarse un licuadito de fresa con avena? ¡No señores!, estas huestes llegan en calidad de enfermos casi terminales que en cuanto los ve arribar el juguero éste luego luego destapa la botella de jerez –¡siempre de cuatro litros!– y alista la jaulita con los huevos de codorniz prestos para revitalizar aquellos fiambres ateridos que después del primer vaso recuperan hasta el habla y el porte. Quién iba a pensar que un vino español, originario de las ciudades andaluzas, sería tolerado por las autoridades chilangas para ser consumido en plena vía pública sin tapujos; tal vez se deba a que “la polla” evita desgracias mayores cuando la “cruda” puede “enfermar” seriamente a cualquiera. Y no se han percatado que la marca del jerez que se vende en los puestos de jugos es tan monopólica porque te la encuentras sí o sí en un local en Iztapalapa, en uno de Azcapotzalco, en otro de la Miguel Hidalgo e igualmente en Tláhuac. He encontrado la misma botella llamada “Tres Coronas” en cualquier alcaldía de nuestra querida ciudad que me he puesto a pensar en la competencia, ¿acaso es la única que se vende en las vinaterías? ¿O es la más eficaz para erradicar la llamada “cruz”? ¿O es la más barata? Tal vez deba su ubicuidad y, por ende su tolerancia, a que en su etiqueta dice “vino generoso tipo jerez” y es por eso que se obtiene sin problemas y se toma en plena banqueta para “resucitar” al beodo más abatido. Es un hecho que “la polla” dignifica la palabra “generoso” –aquella que aparece en la roja etiqueta– porque esta bebida matinal debe el nombre, en gran medida, al papel que desempeñan los huevos de codorniz que flotan crudos en el interior del vaso para ser engullidos entre trago y trago. Un poco de proteína no le hace daño a nadie y las tripas del “enfermo” recibirán este alimento con beneplácito, porque hay que reconocer que existen briagos que ni un taco se zampan cuando andan en la tomadera. “La polla” es a la vez líquido y carne ¡faltaba más!, ante esto ¡qué mejor remedio para curársela así! “La polla” no discrimina y no le pide nadita a cualquier otro antídoto ex profeso, su efectividad está comprobada, y se demuestra por la cantidad de hombres –y alguna que otra damisela del buen beber– que abarrotan ese puesto de jugos desde muy, pero muy temprano, dispuestos a erradicar con el primer sorbo la temblorina, la ansiedad y el incesante regurgitar de los intestinos que una buena resaca siempre provoca: «Me cae que sentía que ya me llevaba la calaca. Y ni una pinche cervecita a la mano para que me alivianara a las cuatro de la mañana».

Por José Alonso Morales Colín