«Los futbolistas, narradores epidérmicos»

En 1951, el escritor estadounidense Ray Bradbury, maestro de la ciencia ficción, publicó “El hombre ilustrado”, un libro de dieciocho relatos entrelazados contados por un narrador que se encuentra con un enigmático vagabundo con el cuerpo lleno de tatuajes; lo curioso…

y aquí es donde se manifiesta la desaforada imaginación de Bradbury, es que cada tatuaje es una animación mágica y viva que cuenta su propia historia. En aquel 1951, Alfredo Di Stéfano estaba a un par de años de llegar al Real Madrid; Ferenc Puskás ya era un goleador extraordinario en su natal Budapest; Edson Arantes do Nascimento, “Pelé”, debutaría a los quince años anotando un gol en 1956; en México, Horacio Casarín, ídolo de la primera mitad del siglo XX en el fútbol mexicano, llegaba al Necaxa para ser campeón de goleo y Luis “el Pirata” Fuente se retiraba en 1954 después de veintiún años de exitosa carrera nacional e internacional en España, Paraguay y Argentina. El futbol en 1951 ya era un fenómeno social, sin embargo, estaba desprovisto de la mercadotecnia que actualmente candidatea a los cracks para aparecer en la lista de Forbes o en último comercial–cortometraje de Nike. Los futbolistas, como los que mencionamos, en aquellos años contaban con una complexión robusta llena de sobriedad, estos corpulentos hombres corrían en el césped mostrando unas piernas caballunas y una intensidad envidiable que la fanaticada, sentada en tribunas de madera, solo aplaudía incondicionalmente; lejos estábamos de las arengas y los cánticos que actualmente la afición vocifera en cada partido. El futbolista era un ídolo circunspecto que cuando anotaba un gol saltaba de manera peculiar con la mano arriba y en un puño, todavía estábamos lejos de que el delantero besara el escudo impreso en su playera para enaltecer a su equipo, o que se deslizara con las rodillas cercano al tiro de esquina con el rictus de victoria por el gol realizado, o bien que se acercara a la cámara de televisión para mostrar el tatuaje, en tipografía manuscrita, con el nombre del hijo o de la hija. El futbolista era tan sencillo que respetaba las formas más elementales de la caballerosidad y la vestimenta y, salvo casos como George Best en la década de los sesenta, el futbolista jamás rompió con aquel estereotipo lleno de mesura. Pero el futbol también ha adoptado nuevas formas: el juego en sí se ha modificado drásticamente, la técnica, la velocidad, los entrenamientos, el balón, los zapatos, la ropa deportiva, la cobertura mediática, los servicios médicos, los fanáticos y, por supuesto, el jugador. Atrás quedaron los físicos corpulentos, carentes de fragilidad, que aguantaban hasta una fractura en el brazo como lo hizo un Franz Beckenbauer en cabestrillo en el llamado “Partido del Siglo” –Alemania vs Italia– en el mundial del setenta. En esta segunda década del siglo XXI, y sin involucrarnos en la calidad futbolística que la hay y de sobra, la moda ahora es ver esqueléticos futbolistas que al primer choque con el hombro se precipitan al suelo y nos muestran una teatralidad inconvincente; jugadores amantes de los peinados estrafalarios e irrepetibles, futbolistas proclives a la cirugía estética, atletas enamorados de la última top model de Revlon y devotos de llenar sus cuerpos con tatuajes. Actualmente vemos decenas de “futbolistas ilustrados” que en cualquier partido exhiben sus pródigos tatuajes hasta por detrás de las orejas. Tal vez Bradbury, siendo tan futurista, ya predecía desde 1951 que en el 2018 los futbolistas nos contarían historias a través de sus tatuajes como émulos de aquel vagabundo protagonista de su libro: Mauricio Pinilla, delantero chileno, se tatuó en la espalda baja la imagen de su remate que pegó en el poste en el último minuto del juego ante Brasil en los octavos de final del mundial del 2014, remate que de haberse concretado pudo haberle dado al seleccionado andino la clasificación a los cuartos de final; al dibujo le acompaña una frase en inglés: “One centimeter from glory” como el colofón de este relato epidérmico.

El “Piojo” Ferrela

José Alonso Morales Colín