El ejercicio falaz

Y tú, ¿cuántas calorías no quemaste hoy?

En esta ciudad es fácil encontrar lugares para ejercitarse porque están a la mano, a veces a la vuelta de la esquina. Unos son gratis y otros cuestan una buena lanita. Los que no cuestan son los parques deportivos que tenemos en cualquier demarcación, obras megalómanas e ineludibles del paso de un dirigente sindical o de un delegado que dejó el cargo seis meses antes del fin de su gestión para postularse como diputado. El sitio evidencia esta negligencia con sus canchas de basquetbol sin aros, la pared de frontón llena de mariguanos y apostadores, el área de corredores estrecha y sin pavimento. La zona de aparatos sin aparatos porque unos miserables destornillaron la plancha para abdominales y la desaparecieron; en fin, un lugar proclive a otras actividades menos para ejercitarse: No vayas a pasar por el parque m’ija, porque ahí na’más se juntan puros pinches malvivientes.

No obstante, cada día aumenta el número de hombres y mujeres que se suman a las huestes vigoréxicas, individuos que se preocupan por comer adecuadamente y desdeñan el carbohidrato más elemental, gente que vemos en las mañanas o en las tardes en un gimnasio, en el parque, en una alberca o en el centro deportivo. Visten tenis, pants y sudadera. La mayoría lleva audífonos, algunos usan shorts y rodilleras, pocos son los que les acomoda una playerita anodina, un pantalón de mezclilla y unos Converse sucios y raídos, es cierto que para ponerse en forma no hace falta un aditamento especial, cuando el cuerpo desea bajar los kilos de más no piensa en outfits: lo importante para el organismo es sudar y eliminar esos gramos que estorban donde hace tiempo había una cintura. Quemar, pues, esas malditas calorías, como dirían los avezados, que son como virus mortales y que a la larga son visibles: ¡Mira nada más la panzota que te cargas! A ver si ya dejas de estar tragando tanta porquería y te vas a correr.

Los vemos sudando, resoplando, estirando piernas y brazos; tomando agua de la botella que previamente compraron en la tienda donde los sábados se empinan la caguama con los cuates de la colonia. Miran el reloj con angustia porque les hacen falta ocho minutos más de carrera, a pesar de que apenas llevan dos de recorrido; van con la vista al frente –algunos ya llevan la mirada perdida–, marcan un trote cansino debido a las quince vueltas realizadas al circuito del parque –Mañana ni madres que vengo–. Sortean peatones que pasean a su perro o a parejas de estudiantes que se besan apasionadamente y estorban su paso; algunos por eludir a los amorosos tropiezan con el perro que caga plácidamente o se embarran los tenis con la mierda que dejó el canino y que no levantó el irresponsable dueño.

Los vemos contemplándose, cual narcisos perpetuos, en el espejo del gimnasio, con sus camisetas que dejan al descubierto bíceps y tríceps despuntando. Levantan las mancuernas con estilo para que sus músculos sean exhibidos intencionalmente; exclaman un alarido de dolor cuando levantan la barra para beneficio de sus pectorales; se limpian el abundante sudor con una toalla porque ahora sí el spinning subió de intensidad o porque la maestra de zumba le añadió diez minutos más a la rutina: Me duelen todas las piernas¡Pinche maestra!, como ella sí aguanta. Salen del gym bañados, perfumados y con tremenda maleta colgada al hombro; caminan orondos y van comiendo una barra energizante y con la otra mano revisan con estilo susmartphone.

Ante tales escenas uno pensaría que las campañas de salud están teniendo éxito. Sin embargo, la obesidad sigue aumentando (por la nada saludable alimentación y por el sedentarismo cotidiano) y, por ende, las enfermedades que se generan ante esta condición continúan cobrando vidas (diabetes e infartos fulminantes principalmente). Si hacer ejercicio y bajar de peso fuera algo fácil, todos los lugares para practicar deporte estarían a reventar. Existe gente que piensa que es así, que en cinco días le bajarán dos tallas al pantalón, pero cuando advierten que esto de perder kilos es un proceso de meses claudican irremediablemente y se creen cualquier estupidez: Vi en la televisión una crema que te la untas en la cintura por treinta minutos y bajas cuatro kilos en una semana.

Sin embargo, del número de personas que se ejercitan diariamente habría que dividirlas en las que en verdad lo hacen y las que creen que lo hacen. Esta última categoría es la que más abunda, pero es necesaria como veremos más adelante. Es inadmisible apearse de la cama, vestirse con lo necesario y acudir al parque a las seis de la mañana para sentarse en una banca, hablar por el teléfono celular –sorprende que alguien a esa hora pueda atender la llamada de un pseudorunner durante dos horas– y el único ejercicio que se hace es subir el pie en el espaldar de la banca e intentar tocarse la punta del tenis mientras se continúa hablando por el aparato; no obstante, es sorprendente ver cómo la frente se les perla de sudor. El cuerpo humano es un órgano inescrutable.

Tipos de gente que creen que hacen ejercicio existe a raudales, sin embargo, es necesario agradecerles porque sin ellos el parque se convertiría en una zona delincuencial incontenible, el gimnasio cerraría sus puertas ante la quiebra abrumadora o el agua de la alberca apestaría en una semana por el desuso. A ellos les debemos que estos sitios sigan manteniéndose, de no ser así, las autoridades o los propietarios venderían el lugar a un corporativo para edificar un centro comercial con cines, tiendas chic y para el deleite de los ejércitos de la obesidad: una amplia área de fast food.

También es digno considerar que la industria textil, esa que fabrica grandes prendas deportivas a precios desorbitados y que las anuncian bellas modelos o atletas de alto rendimiento, se mantiene gracias a esta clase de individuos: el obeso cree que al usar esa playera ergonómica marca Nike, se parecerá –¡claro, sin duda!– a Cristiano Ronaldo, cuyos músculos, en la publicidad, lucen espectaculares. Tal es el tamaño del engaño que vemos por las calles a decenas de panzones ufanos embutidos en un ajuar de licra cual si fuera un incómodo corsé que no los deja respirar adecuadamente. De la misma manera nos encontramos con damas obesas luciendo sin empacho los mismosleggings que exhibe en la televisión la despampanante Kate Upton. En fin, la publicidad es engañosa, pero mientras sigamos sumando joggers que compren estos productos, el combate a la obesidad no es tema neurálgico para uno y menos lo será para las autoridades de salud, al fin y al cabo los hospitales particulares cobran muy bien por atender a los diabéticos y por usar el desfibrilador.

Por otro lado, debemos reconocer a los verdaderos deportistas, esos que corren una hora diariamente y a grandes zancadas; los que en el gimnasio emulan a Jean-Claude Van Damme con entrenamientos excesivos y se les nota en la tonificación muscular; los que realizan quinientas lagartijas sin parar; los que presumen su abdomen de hierro producto de doscientas repeticiones todos los días; los que se alimentan adecuadamente sin llegar a excesos bulímicos; los que se han ganado el apodo de El Phelps de la colonia por nadar en la alberca delegacional tres kilómetros en las mañana y tres kilómetros en la tarde. A todos ellos les debemos también que los lugares para ejercitarse permanezcan, que existan discípulos falaces que quieran imitarlos; ellos son los que permanecen y contemplan como cada semana llega un nuevo corredor o corredora y desaparece a los tres días –¡Que se vaya al carajo el ejercicio!, al fin que lo gordito viene de familia–. Y, curiosamente, son ellos los verdaderos deportistas, quienes visten con una playerita anodina, un pantalón de mezclilla y unos Converse sucios y raídos; son ellos los que sortean al perro o a la pareja enamorada, y muchas veces, son también ellos quienes eluden al tipo que limpia sus pants y sus tenis costosos embadurnados de mierda de perro.

José Alonso Morales Colín

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