EL ASALTO SUBLIMINAL EN EL CAMIÓN

EL ASALTO SUBLIMINAL EN EL CAMIÓN

«Señores: yo no vengo a robar como hacen otros»

Para los que viajamos diariamente por el transporte público de la ciudad de México y la llamada Zona Metropolitana es bien sabido que los “amantes de lo ajeno” ven en este ámbito cotidiano una “área de oportunidad” para cometer sus fechorías. Desde hace algunas semanas para acá se han presentado decenas de videos en donde podemos mirar con indignación cómo operan estas sabandijas para despojar a los vulnerables pasajeros de smartphones, carteras y otras pertenencias de valor mientras acomodan zapes, uno que otro jalón de greñas y, en el peor de los casos, asestan un balazo a aquel que se resiste al hurto.

«Ya saben cómo va a estar la cosa señores, carteras y celulares en la mano. Y tú chofer no te hagas pendejo, donde vea que haces algo raro te meto un plomazo», es un “speach” bien aprendido por esta caterva de facinerosos que tienen asolados por los cuatro puntos cardinales de nuestra ciudad a miles y miles de ciudadanos honrados que en un abrir y cerrar de ojos pierden sus objetos de valor y quienes después les exigen a las incompetentes autoridades tomar cartas en el asunto. Al escribir “incompetentes” uno puede deducir por obviedad que el resultado de los funcionarios públicos sigue siendo infructuoso y los asaltos lamentablemente no disminuyen.

En la gran mayoría de las ocasiones los ladrones se salen con la suya y en otras, con menor frecuencia, los rateros por un descuido son sometidos por los propios pasajeros quienes les acomodan una reverenda y ganada madriza a estos delincuentes –todos jóvenes, incluso hasta menores de edad– verdaderos hijos de la chingada que están en perfectas condiciones de obtener un trabajo honrado y que decidieron el “camino fácil”. Cuando vemos el video del linchamiento, nunca falta la voz de la doña que se cuela en la grabación rogando ya no golpear más a los “pobres” rateros y ante esto la mujer resulta increpada por una turba que ya está hasta la madre de estas situaciones y le hacen ver esto a la doña con una patada en plena cara al ensangrentado caco quien pide clemencia en el suelo. No está bien hacer algo así, pero esto es consecuencia de tener autoridades inocuas y un sistema de justicia inoperante.

Esto que describo es el peor de los casos: un asalto a mano armada, palabras altisonantes, amenazas, uno que otro puñetazo por parte de los rateros, el susto tamaño aumento de glucosa, impotencia y la frase inocente que sirve de consuelo: «Lo material lo recuperas después, la vida no». ¡Gracias pinches rateros!

Sin embargo, lejos del asalto brutal que conmociona y encoleriza, los que viajamos diariamente en el transporte público nos encontramos con otro tipo de asalto, un hurto al que yo le he llamado el subliminal, donde no te roban directamente, pero te hacen comprar algo que no deseas; donde no te agreden directamente, pero te someten con la pura palabrería; donde no te amenazan directamente, pero igual prefieres no replicar para evitar represalias inmediatas.

En el asalto subliminal no te quitan la cartera ni el smarphone, pero te dicen: «Yo no vengo a despojarte de tu cartera ni tu celular como lo hacen otros que se suben armados». En el asalto subliminal no te dan de zapes, pero el que te habla es un tipo con voz cavernosa quien le pega muy fuerte al pasamanos de fierro con una moneda para perturbarte y atraer tu atención. En el asalto subliminal no blanden una calibre 22, ¡para nada!, el “líder” se avienta un “speach” bien amedrentador y no menos persuasivo donde predominan palabras clave como “ratero”, “pistola”, “no quitarte”, “vengo saliendo de la cárcel”, “trabajo honrado”, “aprendí carpintería”, etcétera, mientras que un cómplice en pleno silencio recorre el pasillo de la unidad y no te saca una pistola sino un paquete de galletas, de paletas de hielo, de gansitos –de seguros robados a un trailero– que debes tomar sí o sí y que después pagarás para evitar hacer enojar a este par, porque si no lo haces no dudarán en obligarte a comprar su mercancía. La venta es un éxito y cuando la pareja de “vendedores” descienden de la unidad, todos en el microbús se santiguan y le rezan a San Silvestre, el santo protector contra los ladrones. 

Miren que las estrategias mercadológicas cada día son más complejas, pero la palabra sigue siendo muy efectiva y en este tipo de “ventas–asaltos” sobre ruedas se manifiesta a cabalidad, porque quien declama el discurso es un tipo de uno ochenta, lleno de grotescos y carceleros tatuajes, capaz de someter a cinco pasajeros simultáneamente, quien se avienta un discurso –con una voz súper ñera– alusivo a la inseguridad que vivimos en la capital y que al oírlo te da también una inseguridad que no te queda más remedio que comprarle el paquete de mazapanes caducados como agradecimiento de que a este par de delincuentes no se les ocurrió sacar un “cuete”.

Y miren también que el discurso y el comportamiento de estos “vendedores–cacos” solo pudo haber surgido de un “copy creativo” avezado en persuasión, amedrentamiento, convencimiento y resultado. Me imagino el consejo que darán: «Es muy importante que pegues con mucha fuerza en el pasamanos con la moneda para que los que vienen durmiendo se despierten de un pinche susto y te pongan atención». Y me imagino también a los que se “emplean” en este giro por primera vez que tendrán que aprenderse un texto escrito en una cuartilla que reza así: «Buenas tardes señores pasajeros. Como verán mi compañero y yo no venimos a robar como lo hacen aquellos que se suben a las unidades con pistola en mano para despojarlos de sus pertenencias. Estamos trabajando honradamente para llevar como ustedes unas cuantas monedas a nuestras casas. En esta ocasión venimos a ofrecerles este paquete de chocolates. Llévense tres a diez pesos o uno por solo cinco pesos. Ya saben cómo está la cosa señores, monedas de diez o de cinco pesos en la mano…».

En el asalto subliminal te obligan a comprar algo que no quieres, pero que pagas para evitar un verdadero asalto. No obstante, hay que ser optimistas, total, ese trío de chocolates en diez pesos se los puedes regalar a tu novia o esposa; con esas galletas puedes cenar tranquilamente sopeándolas en un vaso de leche calientita; y aquellos mazapanes bien que se los puedes obsequiar a tus sobrinos, pero eso sí, lo único que no debes hacer es confesarles que cuando los compraste te estabas cagando del susto. ¿A poco no?    

José Alonso Morales Colín

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