«¡Qué bueno que te veo manita!»

Me van a disculpar pero este artículo lo escribo para dignificar el importante rol social que desempeñan las nombradas “viejas chismosas”, mujeres que abundan en toda colonia popular empecinadas en propagar todo tipo de vicisitudes de los miembros de su demarcación con la finalidad de mantener informados a los demás y de ratificar aquel dicho de que «todos tenemos cola que nos pisen».

Ya estuvo bueno que descalifiquen a estas “fehacientes” portadoras de información –cuya veracidad siempre se pone en duda– que disfrutamos encontrar para que nos revelen los secretos más oscuros de aquel vecino apocado que se gasta toda su quincena en ese congal de mala muerte mientras su mujer plancha ajeno, o que nos platiquen, con lujo de detalles, cómo aquella despampanante mujer fue cachada por su marido en pleno «clinch» con su amante en turno en un hotelito lejos del barrio para que concluyan con el «confundió libertad con libertinaje», frase ineludible que toda “vieja chismosa” debe proferir como un profundo colofón a sus relatos de “primera mano”. De verdad, ya estuvo bueno que a estas “juglares urbanas” se les señale como ociosas, hipócritas, metiches, fodongas y mitómanas que dizque “pierden el tiempo” por estar pendientes de la vida de los demás. ¡No señores!, ellas jamás van a perder el tiempo porque su regocijo –y el del chilango promedio– son las desavenencias ajenas, materia prima de sus chismes, mismos que generan retroalimentación. Hay que dejar en claro lo siguiente:

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ninguna “vieja chismosa” va a decir algo bueno de alguien; es la regla, y si usted quiere pertenecer a este club –donde cada día vemos más masculinos que le entran a la chismeada y de mejor manera– tiene que cumplir a cabalidad con este mandamiento so pena de convertirse en un remedo. Insisto: hay que enaltecer la funcionalidad de las “viejas chismosas” en la comunidad, ¿qué no se han dado cuenta que ellas en la cuadra y a sus alrededores son un medio de comunicación itinerante cuyas fuentes son por demás envidiables? No pues si la “vieja chismosa” es una informante capaz de obtener santo y seña de hasta los perros callejeros, aunque después nos preguntemos de sus inextricables estrategias para obtener el último chisme del barrio. Guardando el debido respeto al oficio reporteril, las “viejas chismosas” serían las mejores reporteras amarillistas que sin necesidad de una grabadora o de una libreta y pluma –porque la vida les confirió la virtud de una memoria inacabada y retentiva– van generando cantidad de chismes–noticiones donde juzgan la moral, la ética, la religión, la sexualidad, el amor, la ropa, los actos cotidianos, los niveles escolares, las personalidades, los vicios, las aficiones y los hábitos de todos –repito: de todos, nadie está exento–; y si existe algo que se me pasó en la anterior lista, las “viejas chismosas” lo añadirán siempre y cuando dicho punto sea proclive a la reprobación. Ahí las vemos chancletando por las aceras, llevando a sus hijos a la escuela, yendo al mercado por un kilo de jitomates –y tardándose las horas–, haciendo tiempo en la lechería –ídem– o visitando a la prima con los catálogos de Avón para propagar las noticias recién saliditas del horno, malas nuevas –ya tergiversadas– que les queman la boca y que son necesarias emitir con los adjetivos más rimbombantes, ¡porque así tiene que ser la nota amarillista! No obstante, en estos “paseos de divulgación ominosa”, mientras se van desprendiendo de noticias que ya son necesarias pronunciar, van acopiando nuevos acontecimientos dignos de aparecer en su repertorio de ocho columnas: «¡Qué bueno que te veo manita! ¿Adivina quién está embarazada?». Las “viejas chismosas” en acción deben ignorar el tiempo –seis horas de chisme no son nada–, mostrar la sapiencia que solo te la da el conocimiento del tema, hablar bajito y, lo más importante, otear el ambiente, porque puede que se aparezca la persona que se está “tijereteando” en ese momento y es cuando deben mostrar sus extraordinarios dotes para la improvisación: saludar, abrazar y besar, cual Judas Iscariote, a la protagonista de su chisme y que su interlocutora «le siga la corriente».

Por José Alonso Morales Colín